lunes, 11 de junio de 2018

PREVIEW!: EL GLAMOUR PERDIDO DE ACAPULCO - FOTOGALERÍA


Este jueves 14 de mayo les hablaré un poco del Acapulco de principio de los 90s, cuando el puerto tenía aún algo del viejo glamour de su época dorada. Por lo pronto, algunas fotos...






jueves, 7 de junio de 2018

CANCÚN 1989: ¿QUÉ TAN DIFERENTE ERA?



La pregunta inevitable que uno se hace al regresar a un lugar después de una larga ausencia es: ¿realmente ha cambiado tanto? 

Pregunta que parece haber sido mandada a hacer para ciertos lugares. 

Uno de ellos es Cancún.





La primera impresión que tuve de Cancún, allá por 1989, fue esta.

Una tormenta de invierno, un cúmulo de nubes negras, truenos amenazantes y un descolorido mar caribe me dieron la bienvenida a las playas de Cancún. De ahí que la tan afamada belleza del Caribe Mexicano no estuviera presente para mí, por los menos en los primeros dos días.

Pero aún con frío –cuando no llovía, claro- fue interesante conocer una parte del paisaje del Cancún de aquella época, que sí era muy diferente al de nuestros días. Para empezar, quedaba aún mucho manglar. 


No es que actualmente no lo haya, pero se deforestó de manera alarmante en los últimos veinticinco años.

Pude, en consecuencia, hacer con mi familia un recorrido en bote por una extensa zona de manglar y conocer después Plaza Caracol, el centro comercial más moderno de los ochentas y que hoy palidece frente a casi cualquier otro, especialmente si queremos compararlo con el de “La Isla”. No tengo fotos, pero pueden buscar en You Tube un video de Timbiriche (Tú me vuelves loco) filmado en dicha plaza para contrastar con los centros comerciales de hoy, si es que les gusta eso de ir al Caribe para pasar el tiempo en tiendas y no en playas o cenotes.

En realidad, Cancún es el destino del Caribe Mexicano que más ha cambiado en los últimos años, como puede verse en la siguiente foto donde aparezco yo, a los 20 años, junto a la Laguna Nichupté, parado en una amplia franja de césped que hoy ha sido sustituida por edificios altos. 


De más está decir que es imposible apreciar la laguna a primera vista. Pero volvamos a 1989 y a la visita que comenzó con una tormenta.

Afortunadamente, el mal clima terminó pronto y pude conocer con mayor esplendor el acuario natural de Xel Ha, mucho más rústico y tranquilo antes de que fuera concesionado a la empresa de Experiencias Xcaret.

Si he de ser justo, el entorno natural del Xel Ha actual no se percibe tan alterado (Xcaret sí), pero sí está mucho más lleno, aún en temporada baja. Como alternativa, si es que quisieran darse una idea de cómo era Xel Ha en los 80s, pueden conocer la caleta de Yal Ku, en Akumal, otro acuario natural en muchos aspectos similar a Xel Ha pero menos concurrido y con un costo de entrada promedio por persona de 100 pesos, no de 100 dólares. Claro, no hay comida buffet pero, ¿quién la necesita?

Tulum – la zona arqueológica - también lucía diferente: menos veredas, menos barandales y menos pasarelas para turistas, menos concurrencia de gente y un pasto mucho menos recortado. Lo que no ha cambiado y espero que no lo haga es el impacto que produce ver esa pirámide junto al acantilado, enmarcada por un limpio cielo azul y teniendo de fondo tantas tonalidades de tonos turquesas en el mar por un lado y una arena blanquísima por el otro.

Puede apreciarse a simple vista que la ciudad maya de Tulum no es tan monumental como otros sitios arqueológicos de la zona, concretamente Uxmal y Chichen Itzá, pero esto se explica cuando nos enteramos que la mayoría de sus estructuras fueron construidas cuando la época de esplendor maya ya estaba en retirada. Es básicamente una ciudad del llamado Post Clásico Maya, a diferencia de las otras, que son del Clásico.

El viaje incluyó algunos otros paseos en lancha interesantes que en esa época eran un poco más accesibles. Lo que también se explica si se toma en cuenta que estábamos aún en los ochentas, cuando el dólar costaba tres pesos, no veinte.

De ahí que mi hermana y yo pudiéramos hacer un recorrido nocturno a la cercana Isla Mujeres en plan fiesta tropical con fogata en la playa y toda esa ondita. 

Y un recorrido más calmado en un barco conocido como SubSea debido a que parte de su estructura navegaba bajo el agua. Este último le encantó a mi mamá por la vista de los peces y los corales desde las ventanillas.

El viaje concluyó con la visita de la apacible Isla Mujeres y la salida desde una rústica Playa del Carmen (rústica, tal cual) hacia Cozumel en una pequeña avioneta cuyo motor sonaba de manera no muy diferente al de una moto. Experiencia curiosa que nunca he vuelto a repetir y que resultó muy llamativa por el hecho de apreciar desde el aire, pero a poca distancia, aquel tapete de aguas turquesas desde las ventanillas y desde la cabina… tal cual, no había separación alguna entre el área de pasajeros y la cabina de los pilotos.

Con playas un poco más azules que turquesas, Cozumel tiene largas extensiones de arena blanca para contemplar el mar caribe desde diferentes distancias y perspectivas, un pequeño centro histórico bonito pero un tanto americanizado y muchos restaurantes y bares para pasar el rato. A esas alturas y con la cartera un poco agotada, terminamos por no salir más del hotel más que para visitar la laguna Chankanaab, cuyo entorno era más natural que el de ahora y era posible aún meterse a nadar en ella para apreciar una de las variedades de coral más cercanas a la superficie. Precisamente se cerró al público para no deteriorarlo más.

¿Antros en este viaje? Sí y no. En aquella época aún se les llamaba discotecas y sí, visité una de ellas. El nombre no lo recuerdo, pero contaba con una plataforma en la pista de baile que subía y bajaba mientras bailabas, por lo que a veces estabas arriba y a veces abajo. Y en plan familiar, fuimos a cenar al Mauna Loa de Playa del Carmen, con show polinesio incluido.

Ver por primera vez en un solo viaje ciudades prehispánicas como Palenque, Uxmal, Chichen y Tulum junto con escenarios tan idílicos como los del caribe fueron razón más que suficiente para querer conocer aún más el sureste del país.

jueves, 31 de mayo de 2018

YUCATAN 1989



Mi primera experiencia en Yucatán, antes de las haciendas y los cenotes muchos años después, fue la de conocer a grandes rasgos la ciudad de Mérida y las dos grandes zonas arqueológicas del estado: Uxmal y Chichen Itzá.

En parte bien conservadas, en parte reconstruidas, estas dos ciudades mayas son impresionantes por donde se le vea. Su grandeza arquitectónica, la riqueza de detalles y el gran tamaño de sus monumentos te mantienen con la vista fija por espacio de varios minutos después de haber tomado las fotos correspondientes.

Esa mole de más de 50 metros de anchura conocida como “El Templo del Adivino” por la leyenda del mago enano que la edificó en tiempo record era, antes de que cerraran el acceso para que la gente dejara de escalarla, adrenalina pura a la hora de subir hasta su cima. No tanto por su altura, que la tiene, sino por lo empinado de sus escalones. Una escalada casi vertical, sumada a sus 35 metros de altura, te hacían preguntarte si en verdad deseabas bajarla de pie o de plano hacerlo sentado. Aunque al final, afortunadamente, tenía una escalinata menos empinada en la parte posterior.

La ciudad fue construida en lo que se conoce como estilo PUUC, con muros lisos y frisos ornamentados, y tiene estructuras en verdad majestuosas como todo el conjunto del llamado Cuadrángulo de las Monjas con sus mascarones de Chaac, el dios de la lluvia, además de su clásica cancha de juego de pelota y sus veredas blancas o Saacbes.

Chichen Itzá, de visita más relajada antes de convertirse en una de las siete maravillas del mundo actual, es un recorrido obligado para todo aquel que visite Yucatán tanto por su historia como por lo monumental de sus estructuras, incluyendo el famoso Castillo (donde desciende la sombra de la serpiente en el equinoccio de primavera), el Observatorio, el Palacio de los Guerreros y su Cenote Sagrado, el primero que conocí, donde la gente no nada pero que tampoco invita mucho a hacerlo con sus aguas verdosas oscuras.




Sumado a esto, un rápido tour guiado por la ciudad de Mérida, visitando de reojo la Catedral, la casa de Montejo, el Parque las Américas, el Monumento a la Patria y el Paseo de Montejo, para terminar en un restaurante tradicional (“Los Tulipanes”) que no solo servía los antojitos y platillos tradicionales de Yucatán sino que, además, ofrecía un espectáculo de trova yucateca y chistes tradicionales (las famosas bombas) y podías caminar por un jardín que te conducía directamente a un pequeño cenote que la propiedad tenía en su patio. 

Años más tarde, regresaría a Yucatán para conocer la ruta maya o ruta Puuc, visitando zonas arqueológicas como Kabah (con sus mascarones de Chaac), Labná (con su arco monumental), Sayil (con su edificio de columnas), Dzibilchaltún (con su cenote, su Casa de las Muñecas y ese ventanal que marca la llegada de la primavera), así como las grutas de Loltún y la reserva de flamingos rosados de Celestún. Pero para eso tendrían que pasar no menos de seis años y otros tantos más para conocer Ek Balam, el Cenote Maya y el pueblito amarillo de Izamal. De momento, me quedo en Mérida, en la víspera de mi primer viaje a Cancún. 


Al día siguiente partiríamos al paraíso, al Cancún de los 80s, si bien mi primera impresión no fue la mejor por el hecho de haber coincidido con la llegada de una tormenta invernal. Pero de eso les hablaré la próxima semana.

jueves, 24 de mayo de 2018

SURESTE DE MÉXICO 1989, PARTE 1: CHIAPAS y TABASCO


En diciembre de 1989, ya con 20 años cumplidos, reinicié la aventura de viajar con un primer recorrido familiar en modalidad de tour para conocer, muy a grandes rasgos, el sureste del país. Por tratarse de un viaje de casi quince días, decidí dividirlo en tres posteos. El primero, que es este, para hablar sobre Chiapas y Tabasco, uno más para hablar sobre Yucatán y un tercero para Quintana Roo.

Para empezar, fue el primer viaje que empecé a documentar con una cámara tantito más decente, siendo que la estaba usando para mis clases en mis primeros semestres de la carrera de comunicación. También fue el primer viaje que pagué con mi propio dinero, al menos en un 60%, con los ingresos de mis primeros meses de trabajo.

Cuando hablo de conocer algo así como una embarradita del sureste, lo digo de manera literal, porque en realidad fue así: mi visita a Tabasco se limitó a Villahermosa y el recorrido de Chiapas se limitó a Palenque pero, cuando no conoces prácticamente nada, es por lo menos un buen comienzo, sobre todo en el caso de Palenque. Pero primero lo primero: Villahermosa.

Llegamos, literalmente, a dormir, para conocer al día siguiente el Parque Garrido Canabal, un bonito espacio que se recorre a través de senderos selváticos, con muchos árboles endémicos y flora de la región, enmarcado todo ello por la Laguna de las Ilusiones o, al menos, por una parte importante de esta laguna. Existe un mirador (el “Mirador de las Águilas”, casi siempre cerrado) al que se puede subir por una eterna escalera de caracol y que en realidad vale mucho la pena porque desde arriba se pueden tomar buenas fotos panorámicas del parque y de la laguna.

El parque es, a su vez, la puerta al museo al aire libre de “La Venta”, con su colección de cabezas Olmecas y una serie de esculturas traídas directamente de este sitio arqueológico (La Venta). Tiene también un mini zoo, donde abundan los coatís y, como dato de trivia, me tocó ver vivo aún a “Papillón”, un impresionante cocodrilo de más de 4 metros que vivió en el parque por casi cincuenta años y que hoy se exhibe disecado a la entrada del lugar.
Al día siguiente tocó conocer Palenque, impresionante sitio arqueológico maya construido en medio de la selva. Recorrimos prácticamente todas las estructuras principales, siendo dos las que más me impresionaron: el Palacio, tanto por su extraña torre de cuatro pisos como por todos sus recovecos (lo cual se explica porque se trata en realidad de varios edificios interconectados y remodelados a lo largo de 400 años) y el Templo de las Inscripciones, de los pocos templos mesoamericanos usados como tumba y que, en este caso, encierran los restos del rey Pakal. Todo ello está narrado a través de jeroglíficos y se puede visitar la tumba bajando varios escalones que se encuentran en el interior del templo.


El Templo del Sol, el de la Cruz y el de la Cruz Foliada son también estructuras que vale la pena explorar y fotografiar, así como el acueducto construido en aquella época para dotar de agua a Palenque.

Regresaría a Chiapas algunos años más adelante, pero en este recorrido partimos directamente hacia Yucatán y de ahí jalamos a Quintana Roo, cuyos recorridos los platicaré la próxima semana. Por lo pronto, si no conocen Palenque, pueden llegar al aeropuerto de Villahermosa, ubicado a una hora del poblado del mismo nombre o bien checar cuando hay vuelos directos a Palenque, para hospedarse directamente en este pueblito NO mágico, por decirlo de alguna manera, pero con suficiente infraestructura turística para pasar bien la noche y cenar decentemente.