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jueves, 4 de octubre de 2018
CALDERITAS 2013: CARIBE DE COLOR VERDE LIMÓN
Es el mar caribe, pero su color no es el turquesa que conocemos de Cancún e Isla Mujeres. El agua, sin embargo, es muy clara y de un color verde limón especialmente intenso a partir del medio día, cuando su superficie recibe de lleno la luz del sol. Es Calderitas, una zona de restaurantes de pescados y mariscos a la orilla de mar, muy cercana a Chetumal.
Es, a mi modo de ver, una visita obligada si está uno en la Costa Maya, la que corre de la reserva de Sian Ka´an a los límites del vecino país de Belice, en el estado de Quintana Roo. Este tramo del estado, menos masificado que la Riviera Maya, guarda sorpresas muy gratas para el visitante, tanto el que gusta de las actividades acuáticas (ahí están por ejemplo, Mahahual y Bacalar) como el que prefiere los sitios arqueológicas (ahí también hay ciudades mayas como Oxtankah, Dzibanché o Kohunlich). En ambos casos, siempre es agradable terminar el recorrido en Caderitas y disfrutar un rico platillo elaborado a base de pescados y mariscos en alguno de sus pintorescos restaurantes de corte rústico, con motivos tropicales pintados en las paredes como olas, peces o palmeras y una extraordinaria vista del mar caribe.
En próximos posteos hablaré más a detalle sobre todas estas maravillas de la costa maya. Por lo pronto, les dejo una pequeña galería de este lugar.
jueves, 6 de septiembre de 2018
MAZATLÁN 2008: DESTINO CLÁSICO DE MÉXICO
A principios del 2008, como parte de un viejo romance,
viajé a Mazatlán, Sinaloa. La fecha no se me olvida, pues coincidió con un 29
de febrero, única vez en mi vida que he salido de viaje en esa fecha que solo
existe cada cuatro años.
El primer día, recorrimos el malecón a bordo de un taxi
local, la imprescindible “pulmonía” (algo así como un jeep blanco, descubierto)
que tardó como una hora en pasar. Y bueno, ese mirador donde se estrellan las
olas y que al principio subes como si nada, solo para llegar al último escalón
y sentir que en cualquier momento vas a perder el equilibrio y te vas a
desbarrancar sobre las rocas que sirven también de quiebraolas. Si has tomado
de más, la verdad no es muy recomendable.
Viajamos al día siguiente a la localmente famosa Isla de
Piedra, a bordo de un yate turístico donde nos ofrecieron un coctel equivalente
al “Sex on the Beach”, convenientemente rebautizado como “Sex on the Boat”.
Una vez en la isla, realizamos el trayecto a la playa
atravesando el pueblo a bordo de una extraña carreta tirada por un tractor (¿¿??)…
y ya en la playa, hicimos una cabalgata por la orilla del mar que culminó con
una rica comida donde la estrella era el pescado a las brasas, en una mesa
rústica con vista al mar.
Fuimos después al viejo Mazatlán, donde recorrimos
lugares típicos como la Plazuela Machado, sede de actividades culturales como
la feria del libro infantil y un interesante espectáculo de marionetas-títeres que
manejaba diferentes tipos de escenografías y tamaño de muñecos para representar
sucesos que ocurrían a lo lejos y otros que ocurrían en primer plano.
Amenizaba la tarde un grupo cubano (Eclipse de Son), lo
cual fue un buen pretexto para echar un mojito. Por la noche, cenamos en el
buffet parrillada del propio hotel diferentes cortes de carne y postres
deliciosos.
Al día siguiente, disfrutamos sin más la playa y la
alberca, antes de decirle adiós a Mazatlán y encaminarnos al aeropuerto.
VIDEO:
https://www.youtube.com/watch?v=ilfrQhem3hY
MAZATLAN 2008 VIDEO
VIDEO:
https://www.youtube.com/watch?v=ilfrQhem3hY
MAZATLAN 2008 VIDEO
jueves, 16 de agosto de 2018
1992: ¡VIAJAR A ACAPULCO CON TU MEJOR AMIGA!
Mi época antrera por excelencia fue, sin duda, la década
de los 90s. Recuerdo que en la mayoría de mis escapadas por México solía
apartar al menos una noche para conocer cómo se vivía la fiesta en el destino correspondiente.
Así llegué a visitar el Elefante Blanco y la Mina del Edén en Zacatecas o la
discoteque Biblos de Tampico, Tamaulipas. Pero el lugar que concentraba la
fiesta en los 80s y los 90s era, por donde se le viera, Acapulco.
Esa aura de glamour que aún acompañaba al puerto se
reflejaba en festivales anuales de cine y de estrellas de Televisa. Películas,
videoclips y especiales de música se filmaban cotidianamente en Acapulco y el
llamado acapulcazo chilango era una tradición no oficial para todos los que en
un momento dado queríamos, por un fin de semana, dejar atrás el estrés de la
Ciudad de México.
Dicho todo lo anterior y tras haber viajado a Acapulco en
plan familiar y con amigos, me tocó revisitar el puerto en 1992 en compañía de la
que en esa época era mi mejor amiga, una chica de Zacatecas con quien acordé
encontrarme tan pronto mi autobús llegara a la central camionera.
Y sí, llegó, pero con cinco horas de retraso debido al
mal estado de la carretera, tras las cuáles tuve que permanecer otras dos en mi
habitación debido a que no recordaba el nombre del hotel donde se hospedaba mi
amiga (recordemos una vez más que no existían los celulares) y la única manera
de contactarla era esperar pacientemente su llamada.
La esperada llamada llegó no demasiado tarde y quedé de
pasar por ella. Dicho sea de paso, tuvimos que despistar a un…
¿pretendiente?... que supongo buscaba ligarla y que la esperaba afuera de su
cuarto, debido a que el hotel contaba con salitas de espera en el exterior de
cada habitación.
Debido a que mi amiga no quería lidiar con él, nos vimos
un piso más arriba… pero tanto el elevador como la escalera solo bajaban un
piso debido a la arquitectura del hotel, el cuál se convertía en dos edificios
al verse dividido por un gran patio con tragaluz.
En otras palabras, acabamos nuevamente en su habitación,
casi frente a su pretendiente y tuvimos que abordar un elevador trasero, el de
los empleados del hotel, donde nos quedamos encerrados hasta que al aparato se
le dio la gana abrir sus puertas. El caso es que atravesamos hasta la cocina
misma y salimos a la calle por la caseta de policía.
Fuimos a bailar a un antro de moda de aquella época, el
Extravaganza, la disco más alejada de la zona hotelera, ubicada literalmente
sobre la carretera y con una espectacular vista aérea de la bahía. Aunque más
espectacular resultó la pirotecnia que caía por afuera del ventanal, dando la
impresión de que el antro mismo se venía abajo en medio de deslumbrantes
chispas y explosiones.
Llegamos a su hotel alrededor de las 5 de la mañana, casi
que con los pajaritos, y volvimos a vernos a la una de la tarde del día
siguiente. Recuerdo que tomamos el tour a la Isla de Roqueta, donde comimos, antes
de irnos nuevamente de antro al ya legendario Baby´O y dar por concluida otra divertida aventura noventera.
Tres años más tarde, regresaría a Acapulco con un nutrido grupo de amigos para vivir nuevas y divertidas experiencias como la de conocer el Parque Acuático Cici (otro icono acapulqueño) y salir golpeado en el intento, ser revolcado por una ola gigantesca al tratar de abordar una lancha y salir golpeado en el intento, acelerar a fondo una moto acuática y salir golpeado en el intento y otras cosas por el estilo.
Tres años más tarde, regresaría a Acapulco con un nutrido grupo de amigos para vivir nuevas y divertidas experiencias como la de conocer el Parque Acuático Cici (otro icono acapulqueño) y salir golpeado en el intento, ser revolcado por una ola gigantesca al tratar de abordar una lancha y salir golpeado en el intento, acelerar a fondo una moto acuática y salir golpeado en el intento y otras cosas por el estilo.
jueves, 9 de agosto de 2018
XCARET 1993 VS XCARET DE HOY: ¿IGUAL, MEJOR O PEOR?
Supongo que se trata de un post donde es muy fácil
perderse en opiniones subjetivas, por lo que trataré de limitarme a hablar de
las diferencias (que son muchas) y en todo caso expresar mi opinión muy
personal al respecto.
Conocí Xcaret en 1993, cuando la puerta de entrada era
una reproducción del arco maya de la zona arqueológica de Labná, en Yucatán. Y
sí, desde ese entonces manejaba el concepto de parque eco-arqueológico. Pero un
parque eco-arqueológico con el encanto de lo rural, de la naturaleza en estado
salvaje y de la masificación controlada. No existía el actual sistema de
pulseras de acceso, ni el mega restaurante de comidas buffet y, dicho sea de
paso, tampoco el espectáculo folklórico que ha hecho famoso al parque.
En contraparte, existía un solo río subterráneo. Fue
varios años después cuando abrieron al público el acceso a los otros dos,
aunque mucho se rumora que los “otros” ríos fueron construidos, abriendo
brechas artificiales y desviando el cauce de los mantos acuíferos originales.
Hay mucho silencio al respecto, pero creo que no hace falta demasiada agudeza
visual para identificar los tramos naturales y los tramos añadidos con el único
propósito de distribuir mejor el cada vez mayor flujo de visitantes.
El río subterráneo original se sentía auténtico. Los
nuevos no. El corte de la roca era en exceso notorio, descarado diría yo,
aunque hay que reconocer que la misma naturaleza se ha encargado de embellecer
estas paredes artificiales gracias a la hierba que de manera espontánea germina
y se reproduce sobre la roca, devolviendo a estos ríos que nunca existieron un
aspecto verdaderamente natural.
Además, el río original concluía en un hermoso cenote
cerrado, cuyo techo se dice que fue literalmente volado para que los visitantes
más claustrofóbicos no se sintieran incómodos.
La pequeña caleta que hoy está junto al restaurante lucía
más rústica, sus aguas eran más cristalinas, menos verdosas y más turquesas. En
resumen, eran cuatro los grandes atractivos del viejo Xcaret (o Polé, si nos
atenemos a su nombre maya original): el río subterráneo con su cenote cerrado,
su pequeña y cristalina laguna azul, su caleta rústica y la zona arqueológica
maya que se encuentra dentro del parque.
En contraste, debo reconocer que el buffet del
restaurante es bastante rico, su mariposario es interesante y su espectáculo
folklórico es variado y muy disfrutable. El llamado cementerio mexicano no
reproduce para nada lo que es un cementerio mexicano, pero al menos es una obra
de arte conceptual que recupera, eso sí, el colorido de México. Es muy bello,
sí, pero para mí es más un cementerio idealizado que bien podría haber
aparecido en la película de “Coco”.
Las veredas también han cambiado. Antes eran eso, veredas
angostas de terracería aplanada. Hoy son más anchas, empedradas o pavimentadas,
que permiten una circulación más fluida para los miles de visitantes (literal)
que acuden diariamente al parque eco-arqueológico, especialmente en las
llamadas temporadas altas.
Los precios también se han inflado considerablemente. Con
todo, sigue siendo disfrutable. El entorno es bellísimo y basta un poco de
sentido común para diferenciar la naturaleza original de las bellezas
agregadas. Porque ni es cierto que todo es natural como tampoco es cierto que
todo es artificial.
Dejaré a continuación una serie de fotos, viejas y
nuevas, donde puede apreciarse a grandes rasgos la transformación de Xcaret, el más famoso parque de Quintana Roo y de la Riviera Maya.
Aún y cuando las fotos viejas no son de la mejor calidad (no pensaba entonces
escribir un blog), nos dan una idea de lo que Xcaret fue, es y será en el
futuro.
Las dos primeras fotos son de la caleta: la primera es de 1993, más rústica y con el agua más transparente; la segunda es del año 2012, con algo más de cemento y agua un poco más verdosa. Las imágenes que les siguen, alternan aspectos de los 90s y de los años más recientes.
Las dos primeras fotos son de la caleta: la primera es de 1993, más rústica y con el agua más transparente; la segunda es del año 2012, con algo más de cemento y agua un poco más verdosa. Las imágenes que les siguen, alternan aspectos de los 90s y de los años más recientes.
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