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lunes, 27 de agosto de 2018

CHIAPAS 1994: EN PLENO MOVIMIENTO ZAPATISTA


He visto últimamente muchos blogs donde se comenta la anécdota de que en Chiapas, sorpresivamente, las carreteras son bloqueadas para exigir a los automovilistas una cuota de paso que les permita circular libremente. En realidad, no se trata de algo nuevo. Cuando yo fui a Chiapas, allá por 1994, fue exactamente lo que me ocurrió.

Sucedió concretamente en una carretera del municipio de Ocosingo, muy cerca de las Cascadas de Agua Azul. Una cuerda se tensó repentinamente de lado a lado del camino y unos 8 o 10 zapatistas encapuchados salieron de entre los árboles, con machete en mano, para detener a los pocos vehículos que circulaban con dirección a las cascadas.

Esto tuvo lugar en plena época del levantamiento del hoy famoso Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), grupo guerrillero inédito en el México de ese entonces. Y fue también cuando se convirtió en un icono comercial con playeras, gorras y hasta muñequitos de trapo elaborados por los artesanos locales, en sustitución de las tradicionales muñequitas vestidas con indumentarias típicas de la región.

El México seguro de los 80s y los 90s comenzaba a contradecirse (aunque se mantuvo en paz relativa hasta bien entrado el 2007) y Chiapas se puso en el radar del mundo, de entrada por lo inusual que resultaba ver conflictos internos en un país como México. Pero más allá de eso, Chiapas lo tiene todo para brillar por cuenta propia: historia, tradiciones y bellezas naturales para decir basta.

Una única carretera cruzaba el estado a mediados de los noventas y era común atravesar desfiladeros y observar la selva varias decenas de metros por encima, abrir la ventanilla del auto o el camión y escuchar tan solo el sonido del motor, amplificado por el silencio y quizá, de repente, por el canto de un ave desconocida.

Y de repente, internarse en una brecha de selva desbordante, llena de flores, lianas y vegetación tupida, sentir el bochorno del color y contemplar a lo lejos brillantes riachuelos, lagos y lagunas. Eso, además de enormes telarañas que conectaban los cables de luz superiores e inferiores de los poblados a los que arribábamos y que te quitaban un poco las ganas de internarte en la selva si no ibas con unas botas que te llegaran a la rodilla.

Con todo y tratarse de una carretera única, se hallaba en bastante buen estado y eso me permitió desplazarme de una central de autobús a otra y conocer, a mi propio ritmo y velocidad, lugares tan bellos como las famosas Lagunas de Montebello, descubrir que en un tramo de tan solo 100 metros el ecosistema cambiaba de selva a bosque, de calor a frío y que el entorno parecía haberme transportado a otro estado que no era el Chiapas que yo me había imaginado.

Lo cierto es que San Cristóbal de las Casas es un lugar frío, tanto como los bellos bosques que enmarcan las cercanas Grutas de San Cristóbal y por la noche era necesario taparse bastante bien y no ir al baño más allá de lo necesario.

La pintoresca belleza de San Cristóbal de las Casas invita a quedarse por lo menos un par de días para caminar relajadamente sus calles, entrar a sus restaurantes, cafés y locales de artesanías, además de saborear por las mañanas los ricos tamales de los carritos callejeros. Tiene, además, monumentos muy fotografiables como su amarilla Catedral y su colorido Palacio Municipal, así como un mirador al que puede llegarse subiendo un interminable número de escalones para admirar al final una panorámica incomparable de la ciudad.

Si se quiere artesanía, pueden visitarse poblados Amatenango del Valle o Zinacatán y admirar sus casitas rústicas de adobe, aunque si se quiere una experiencia tradicional única, es necesario darse una vuelta por el poblado de San Juan Chamula, donde la religión católica y la prehispánica se fusionan, dando como resultado rituales un tanto extraños. Su iglesia, sin bancas, puede visitarse bajo la condición de no tomar fotos que se roben el alma de la gente y de los santos.

En medio de un penetrante aroma a incienso, es posible ver rituales como el sacrificio de gallos y el encendido simbólico de velas que, al consumirse, evocan la purificación del alma ya que, al hacerse cada vez más chicas, hacen referencia al regreso a la inocencia de los niños pequeños. Los Santos, de madera policromada y ojos de vidrio, parecen tener vida propia y más que pacificar el alma resultan un tanto perturbadores.

Tuxtla Gutiérrez, su pintoresco poblado conurbado de Chiapa de Corzo (su peculiar fuente mudéjar es todo un icono de Chiapas) y el recorrido por el turístico Cañón del Sumidero, complementan la experiencia reglamentaria del recorrido más básico.

Pero Chiapas, para disfrutarse, requiere tiempo, no menos de quince días, para visitar lugares tan mágicos como el Arcotete, las refrescantes Cascadas de Agua Azul (antes del mes de octubre, porque con las lluvias pierden su color), la cercana cascada Misol Ha, la imponente cascada de El Chiflón, la zona arqueológica de Chinkultic con su Cenote Azul, las zonas arqueológicas mayas de Bonampak y de Palenque y, si hay tiempo, conocer otras pequeñas cascadas no menos bellas como Moctunihá y Corcho Negro, esta última muy similar a la más turística cascada de Villaluz, ubicada en el vecino estado de Tabasco.


Si Tabasco es un edén, Chiapas lo es al doble o al triple y un primer viaje es insuficiente para recorrerlo en su totalidad. Regresar es siempre una prioridad. La belleza de su Selva Lacandona y la majestuosidad de sus zonas arqueológicas bien lo vale. 










jueves, 31 de mayo de 2018

YUCATAN 1989



Mi primera experiencia en Yucatán, antes de las haciendas y los cenotes muchos años después, fue la de conocer a grandes rasgos la ciudad de Mérida y las dos grandes zonas arqueológicas del estado: Uxmal y Chichen Itzá.

En parte bien conservadas, en parte reconstruidas, estas dos ciudades mayas son impresionantes por donde se le vea. Su grandeza arquitectónica, la riqueza de detalles y el gran tamaño de sus monumentos te mantienen con la vista fija por espacio de varios minutos después de haber tomado las fotos correspondientes.

Esa mole de más de 50 metros de anchura conocida como “El Templo del Adivino” por la leyenda del mago enano que la edificó en tiempo record era, antes de que cerraran el acceso para que la gente dejara de escalarla, adrenalina pura a la hora de subir hasta su cima. No tanto por su altura, que la tiene, sino por lo empinado de sus escalones. Una escalada casi vertical, sumada a sus 35 metros de altura, te hacían preguntarte si en verdad deseabas bajarla de pie o de plano hacerlo sentado. Aunque al final, afortunadamente, tenía una escalinata menos empinada en la parte posterior.

La ciudad fue construida en lo que se conoce como estilo PUUC, con muros lisos y frisos ornamentados, y tiene estructuras en verdad majestuosas como todo el conjunto del llamado Cuadrángulo de las Monjas con sus mascarones de Chaac, el dios de la lluvia, además de su clásica cancha de juego de pelota y sus veredas blancas o Saacbes.

Chichen Itzá, de visita más relajada antes de convertirse en una de las siete maravillas del mundo actual, es un recorrido obligado para todo aquel que visite Yucatán tanto por su historia como por lo monumental de sus estructuras, incluyendo el famoso Castillo (donde desciende la sombra de la serpiente en el equinoccio de primavera), el Observatorio, el Palacio de los Guerreros y su Cenote Sagrado, el primero que conocí, donde la gente no nada pero que tampoco invita mucho a hacerlo con sus aguas verdosas oscuras.




Sumado a esto, un rápido tour guiado por la ciudad de Mérida, visitando de reojo la Catedral, la casa de Montejo, el Parque las Américas, el Monumento a la Patria y el Paseo de Montejo, para terminar en un restaurante tradicional (“Los Tulipanes”) que no solo servía los antojitos y platillos tradicionales de Yucatán sino que, además, ofrecía un espectáculo de trova yucateca y chistes tradicionales (las famosas bombas) y podías caminar por un jardín que te conducía directamente a un pequeño cenote que la propiedad tenía en su patio. 

Años más tarde, regresaría a Yucatán para conocer la ruta maya o ruta Puuc, visitando zonas arqueológicas como Kabah (con sus mascarones de Chaac), Labná (con su arco monumental), Sayil (con su edificio de columnas), Dzibilchaltún (con su cenote, su Casa de las Muñecas y ese ventanal que marca la llegada de la primavera), así como las grutas de Loltún y la reserva de flamingos rosados de Celestún. Pero para eso tendrían que pasar no menos de seis años y otros tantos más para conocer Ek Balam, el Cenote Maya y el pueblito amarillo de Izamal. De momento, me quedo en Mérida, en la víspera de mi primer viaje a Cancún. 


Al día siguiente partiríamos al paraíso, al Cancún de los 80s, si bien mi primera impresión no fue la mejor por el hecho de haber coincidido con la llegada de una tormenta invernal. Pero de eso les hablaré la próxima semana.