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viernes, 17 de agosto de 2018

GUANAJUATO 1994: ¡ROMANCE, AVENTURAS Y VIEJOS ATRACTIVOS QUE HOY YA NO EXISTEN!


1994 fue para mí el año de Guanajuato. La razón: dos de mis amigos -y yo mismo- tuvimos nuestra respectiva pareja en la ciudad de León. Por lo mismo, recorrimos el estado a lo largo de varios meses, a veces juntos, a veces yo solo, a veces mis amigos solos mientras yo me quedaba en la Ciudad de México, dependiendo, por supuesto, de nuestros tiempos y presupuestos. Y, por supuesto, nada de ello prosperó. Son simples experiencias veinteañeras que solo vives una vez.

Fue uno de mis mejores amigos el primero en hacerse novio de una chica de León y fue esta misma chica la que nos presentó a sus amigas. Para ahorrar costos, los tres amigos compartíamos hospedaje (y repartíamos la cuota) en un hotel convenientemente ubicado a escasas dos cuadras del Centro Histórico: el hotel Señorial, que en aquella época costaba 110 pesos (sí, 110 pesos) y encima de todo lo dividíamos entre tres, casi cual roomies.

De más está decir que recorrimos muchas ciudades y poblados de Guanajuato: Silao (para comer ¿mariscos?), Irapuato (para comprar fresas), el balneario de Comanjilla, así como un extraño balneario cercano a Celaya, conocido localmente como Hospital de Baños y donde era posible tomar baños en tina de aguas termales de manantial. Baños un tanto incómodos si tomamos en cuenta que tuvimos que esperar casi tres horas para que se desocupara una de las tinas, la asearan y nos la dieran, previo pago de la cuota correspondiente, por espacio de una hora. Lo que sentí un poco como un timo, pues la tina se llenaba a partir de un agujerito de escasos dos centímetros, razón por la cual tardó algo así como una hora en cubrirnos con sus aguas relajantes... para que dos minutos después golpearan a la puerta para avisarnos que se nos había acabado el tiempo. 

Conocimos, asimismo, dos de los lugares que más experiencias gratas nos reservaron: la ciudad de Guanajuato y las llamadas “luminarias” de Valle de Santiago, cráteres naturales llenos de agua que hoy, desafortunadamente, han dejado de existir.

De manera que una parte de la reseña de hoy podría, hasta cierto punto, considerarse inútil, ya que estaré relatando vivencias ocurridas en lugares hoy inexistentes, pero que alguna vez estuvieron llenos de agua y también de mucha vida (eso de “mucha vida” va en más de un sentido).

El cráter más cercano al poblado de Valle de Santiago era conocido popularmente como “La Alberca” por su laguna verdosa de origen volcánico donde muchas parejas y grupos de amigos se daban cita para nadar los fines de semana (insisto, hoy las lagunas se han secado y muchos jóvenes no saben ni siquiera de su anterior existencia).

Otro cráter famoso era el “Rincón de Parangueo”, ubicado a 7 kilómetros del de “La Alberca” y al cual solo era posible ingresar a pie, ya que se hallaba rodeado de cerros y el único acceso era a través de un estrecho túnel excavado en el cerro mismo. Una hilera de personas fluía hacia el cráter y otra hilera abandonaba el lugar, cruzándose y chocando en todo momento.

Niños locales nos acompañaban por el túnel, alumbrando con linternas el camino, a cambio de alguna propina. Con todo, la caminata era lenta pues aún y con las linternas el túnel era demasiado oscuro. De ahí que decidiera abrazar a la que sería mi novia, todo sea para protegernos el uno al otro (J)…

Al salir del túnel, nos recibió un singular paraje de roca caliza que daba al lugar un aspecto visualmente nevado que contrastaba con el verde de la laguna y un entorno semi desértico con mucho arbusto y unos pocos cactus. Había, sin embargo, partes un tanto fangosas y de solo pisarlas quedabas embarrado de un lodo blancuzco que por alguna razón atraía a los mosquitos. Sobra decir que acabé lleno de piquetes de insecto.

De regreso en León, comimos unas guacamayas (antojito regional que consiste en un bolillo abierto donde se incrusta un pedazo de chicharrón de mercado y se bautiza con mucha pero mucha salsa picante) y unas refrescantes cebadinas (agua de cebada espumada con bicarbonato).

El centro de León es muy bonito, con su quiosco, sus iglesias y sus edificios coloniales, así como sus árboles recortados en forma de “honguito”, pero el resto de la ciudad me pareció un tanto caótica, aún para los estándares de los 90s. Con todo, visitamos también su Templo Expiatorio (lo más cercano al gótico), el arco de los leones, las famosas zapaterías y tiendas de artículos de piel (interesantes pero nada baratos)… y bueno, en visitas consecutivas acabamos también en un boliche, en el cine y hasta en un incómodo velorio.

Asistí, asimismo, a la graduación de preparatoria de mi entonces novia (me encantó verla en ese espectacular vestido verde esmeralda), además de visitar también un curioso bar llamado “El Mezquite” donde todas las bebidas alcohólicas eran de a litro y la legendaria cantina circular conocida como “El Mesón Taurino”, toda una tradición para comer rico en la ciudad de León.

Pero es la ciudad de Guanajuato la que a la fecha me invita a regresar una y otra y otra vez. Bella, colorida, repleta de callejones, pasajes subterráneos, estudiantinas, vino, buenos restaurantes y monumentos tan emblemáticos como la Alhóndiga de Granaditas, la Universidad, el templo y la mina de la Valenciana, además de las tiendas de artesanías “mineras”, los 2x1 en chelas, los festivales culturales (el cervantino es asunto aparte). Y muy cerca, la mágica hacienda de San Gabriel de Barrera, la de los 7 jardines, que simplemente me fascinó.

Tan especial es esta ciudad que dedicaré próximamente un posteo especial para hacerle justicia, pero la menciono desde ahora porque forma parte de esa extraña experiencia en la que los viajes de amigos y de pareja se combinaron en una serie de recorridos llenos de tacos, antojitos, cerveza, antros y mucha diversión.

Menos de un año duraron nuestros respectivos noviazgos y nuestros recorridos por los rincones más recónditos de Guanajuato (que curiosamente no incluyeron a San Miguel de Allende), si bien yo regresé con la mía… ¡14 años después!... pero eso también ameritará otro posteo… 

Por razones de privacidad, difumino las fotos de muchas de las personas que me acompañan en los viajes... excepto a mí mismo, ya que siempre me di autorización para aparecer (jaaaa!!)... ¡Recordemos el México de los 90s!... 







miércoles, 18 de julio de 2018

SAN LUIS POTOSÍ 2018, PARTE 2: FOTOGALERÍA


En mi anterior post, he hablado a grandes rasgos lo que una ciudad como San Luis Potosí ofrece a todos los que deciden visitarla. En esta nueva entrada, serán las imágenes las que hablen por mí.

Se trata de fotos totalmente diferentes que complementan el anterior posteo y que espero cumplan su cometido de transmitir algo de la magia de la ciudad.












SAN LUIS POTOSÍ 2018: MONUMENTOS, ENCHILADAS Y CHOCOLATE PARA DARSE MUCHO GUSTO


Hablar de San Luis Potosí es hablar de esplendor en cantera rosa, algo así como Zacatecas, pero diferente. Una ciudad señorial, distinguida, que no esconde ni disimula su antiguo esplendor.

Es hablar de una Catedral barroca y neoclásica a la vez, de una Plaza del Carmen con su fachada churrigueresca que convive con el majestuoso Teatro de la Paz y el Museo Nacional de la Máscara, de una hermosa Plaza de Aranzazú, de su emblemática Caja de Agua y un sinnúmero de atractivos coloniales que sería imposible enumerar en un solo posteo.

Vale la pena tomársela con calma y dedicarle dos o tres días para visitar sus principales museos, incluyendo el recién inaugurado recinto dedicado a Leonora Carrington dentro del Centro de las Artes de San Luis, antigua penitenciaría, además de disfrutar las insuperables enchiladas potosinas, acompañadas siempre de su doble guarnición de guacamole y frijoles refritos.

Tomarse fotos frente a sus monumentos emblemáticos es prácticamente obligado y eso incluye las figuras de bronce que recuerdan al visitante que en Semana Santa es la famosa y reconocida Procesión del Silencio de San Luis Potosí. 

Para un presupuesto promedio, vale la pena hospedarse quizá en el Hotel Gante, frente al cual puede disfrutarse un tradicional chocolate de “La Frontera”, si bien a unas cuantas cuadras se encuentran diferentes sucursales de los también tradicionales chocolates de la marca “Costanzo”.

Algo que en lo particular me gustó mucho es que, aún en domingo, el Centro Histórico puede recorrerse sin grandes aglomeraciones de gente, lo que no puede decirse de otras ciudades coloniales como la de Puebla, por ejemplo.


Como siempre, dejo aquí una pequeña galería de fotos que dan cuenta de la grandeza de esta ciudad del centro de México mientras saboreo un chocolate Costanzo para inspirarme un poco mejor a la hora de redactar este post.